Definitivamente Ulrich Köhler es un director algo esquivo dentro de la llamada Escuela de Berlín, ese grupúsculo heterogéneo (pero nunca demasiado para el etiquetado cinéfilo) donde también se encuadró a cineastas como Angela Schanelec o Christian Petzold. Sus películas, como ocurre con las de su pareja Maren Ade (Entre nosotros, Toni Erdmann) se fundamentan en la destilación del extrañamiento que se puede encontrar en cualquier situación cotidiana. Porque a la gente normal y corriente no le gana en rarezas ninguna criatura fantástica o de ciencia-ficción.

Con títulos como Bungalow (2002) y Montag kommen die Fenster (2006), Köhler parecía aplicar ese registró de observación estrafalaria –siempre con un tono mesurado muy germánico, varios niveles por debajo de las estridencias de un primer François Ozon con quien quizás se podía comparar– a entornos domésticos. Con la propuesta africana de Sleeping Sickness (2011), rodada en Camerún con la privación de sueño como telón de fondo, empezó a ampliar horizontes hacia un terreno muy transitado por cierto cine de autor reciente: las lindes con el género fantástico o de terror que se tientan, si acaso se toquetean, pero nunca se cruzan del todo.

Aunque eso último sí sucedería más explícitamente con In My Room (2018), un esimismado drama distópico en toda regla que mantenía el mismo registro homogéneo en imágenes y situaciones de siempre, pero para seguir el deambular de Hans Löw como una suerte de penúltimo hombre vivo sobre la Tierra. La película compitió en la sección Un Certain Regard de Cannes, pero sin mucho que aportar a un estilo de filme siempre más habitual y repetido de lo que sus creadores suelen querer.

https://www.youtube.com/watch?v=GLQMek0POQw&feature=youtu.be

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