El Ayuntamiento de Milán comenzó a construir hace unos meses un muro de cuatro metros de alto para impedir el paso a los toxicómanos a esta zona abandonada junto a las vías de la estación de metro y ferrocarril de Rogoredo. Una mole de hormigón y cemento de casi 600 metros de largo para detener la hemorragia de hombres y mujeres, muchos menores de edad, que cada día deambulan por los alrededores de esta terminal, a las puertas de la capital lombarda.

La situación de degradación e inseguridad en la zona era ya insostenible, denuncian los vecinos. En los últimos meses habían aumentado las redadas para acabar con los traficantes pero la presión policial era insuficiente. La estratégica posición de los puntos de venta de droga les permitía huir fácilmente atravesando las vías del tren cada vez que intuían la llegada de las fuerzas del orden.

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