El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ofrece su habitual conferencia de prensa matutina en el antiguo hangar presidencial, ahora Base Aérea Militar No. 19, con al avión presidencial de fondo, que regresó al país la semana pasada, luego de permanecer más de un año en California, Estados Unidos.

El mandatario mexicano calificó al avión presidencial como “monumental, faraónico, un insulto al pueblo de México habiendo tanta necesidad y pobreza”.

“El propósito de hacer esta rueda de prensa con el avión de fondo es para dar a conocer al pueblo de México cómo se mal gobernaba al país, de como habían lujos en el gobierno durante todo el periodo neoliberal, se le daba la espalda al pueblo, sobre todo a la gente humilde, pobre y los altos funcionarios vivían colmados de privilegios, de atenciones. Era un gobierno de ricos para ricos. con un pueblo pobre. Esa fue la forma de gobierno durante el periodo neoliberal, ese fue el distintivo”, indicó el presidente mexicano.

Deshacerse de la aeronave, un Boeing 787-8 de lujo comprado por el expresidente Felipe Calderón y estrenado por Enrique Peña Nieto, fue de hecho una promesa electoral, anunciada con pompa como el preludio de un cambio de época. “No me voy a subir al avión presidencial, no voy a ofender al pueblo de México. Ese avión costó 7.500 millones de pesos (218 millones de dólares). No lo tiene ni Obama, ni Trump. Lo vamos a vender y el dinero va a ser para beneficio de nuestro pueblo”.

Tras la aplastante victoria electoral de Morena, en diciembre de 2018, el avión fue enviado a California en busca de un nuevo dueño. Pero casi dos años después, y sin comprador claro a la vista, la nave volvió esta semana a México. Entre medias, casi 1,5 millones de dólares gastados en el mantenimiento y una cascada de episodios rocambolescos y contradictorios relacionados con los intentos de vender el aparato. El gesto del presidente se ha ido enmarañando. Hasta quedar, a día de hoy, más cerca de una telenovela que del golpe de efecto político deseado.

El embrollo comenzó con el primer ofrecimiento de venta, del que públicamente no se conoció ni la oferta y ni el monto que el Gobierno mexicano preveía recuperar. Ante la falta de compradores, se anunció una rifa para sortear la nave. Después se añadió que se trataría de una lotería simbólica, y que se darían premios a los ganadores. Y por último, el presidente anunció que serían los empresarios los que en realidad iban a pagar la lotería comprando la mayoría de los boletos. Casi un centenar de los hombres de negocios más poderosos del país -Carlos Slim, Emilio Azcárraga, OIegario Vázquez, entre otros- fueron invitados en febrero pasado a una cena en Palacio Nacional de la que salieron comprometidos a poner de su bolsillo 1.500 millones de pesos (80 millones de dólares) en boletos de la rifa.

Una de las grandes incógnitas de la participación de los empresarios en esta aventura -descartada la desgravación fiscal- es cuál será la contrapartida del Gobierno. ¿A cambio de qué accedieron las grandes fortunas de México a colaborar en este supuesto altruismo?

México lleva asistiendo entre la hilaridad y la abierta crítica a esta especie de sainete por capítulos mientras en el país se siguen multiplicando los problemas. La violencia continúa rompiendo récords y la economía mexicana, que ya cerró el año pasado en negativo por primera vez en una década, sufrirá uno de los peores goles regionales por la crisis de la covid-19. El estallido de la pandemia ha sido una de las razones defendidas por el Gobierno para la vuelta de la aeronave. El objetivo, repetido en muchas de las conferencias matutinas, es dedicar el dinero obtenido no solo a sufragar los gastos del mantenimiento del avión hasta que sea posible su venta, sino también a financiar causas sociales, en particular, equipo médico.

 

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